
Todo el día full trabajo, después de pasar por una intoxicación, lo único que quería era descansar y poder dormir bien.
Me fui a dar una vuelta al café de unos amigos, conversamos, se me empezaron a cerrar los ojos y me fui derechito a mi departamento, mi camita me esperaba.
Cuando llegué, no me pregunten porqué, pero saqué mi linterna de mis tiempos de vuelo la revisé y le dejé encima de mi velador.
Me percaté que mi “vecino lujurioso” no estaba, así que apegué el televisor y me entregué en los “brazos de Morfeo”, feliz.
No había ruido, todo tranquilo, hasta que sentí un remezón y mis “detectores de temblores” (campanitas) empezaron a sonar, todavía dormida dije “va a pasar”, me di media vuelta y puse la cabeza en la almohada, cuando un fuerte movimiento, más ruidos de alarmas de autos, cosas que se caían, y un sonido muy particular era muy parecido a más de 200 personas pateando el suelo al mismo tiempo, horrible, me hizo saltar de la cama y salir corriendo como las locas, buscando un lugar seguro.
Me parece que entre tantas vueltas, movimiento y choques con distintas cosas, el juicio se me fue al suelo y no encontré mejor idea que salir corriendo al balcón, cuando mío, ya bien despierta, los árboles se azotaban, mis plantas saltaban, los colgantes para le viento, tenían fiesta propia. Miro el cielo y era de todos colores, como fuegos artificiales, siento un movimiento más fuerte que me tiró al suelo, como pude me afirmé del ventanal de dos metros y de una cortina, mirando hacia la calle. Agitándome como coctelera, para un lado y otro y después para arriba y abajo y de nuevo la misma ronda. Yo escuchaba como se caían las cosas de mi departamento, espejos, cuadros, las campanitas, vasos. Pero a mi nadie me movía de mi lugar “seguro”. Estaba de rodillas mirado como mi parrilla empezó a “caminar sola”. Nerviosa, ya que no paraba y cada vez se hacía mas fuerte y con mas ruidos de destrucción y de movimientos subterráneos.
Me afirme más fuerte del ventanal y empecé a gritar “cual loca” al comienzo no me salía la voz, luego de unos segundos, eran gritos descontrolados, luego era gritarle a mi papá que estaba lista para irme con el, que me viniera a buscar “Pelao llévame contigo, estoy esperándote”, luego pasé a lo vulgar, cantidad de garabatos que en mi vida habían salido por mi boquita de fresa, hasta en ingles salían, en todos los idiomas conocidos y desconocidos.
Cuando terminó de terremotear, me di vuelta vi el desastre, cosas en el suelo, partí corriendo a mi pieza a buscar mi linterna, los puchos, mi tuto, el celular y corriendo, no sé cómo abrí la puerta y la cerré con llave. En la escala me encontré con los vecinos que venía bajando lentamente, pero muy asustados. Los ojos de todos eran desorbitados y mucho silencio.
Cuando llegamos abajo, me tropecé con las cerámicas que se habían caído desde la entrada, tratando de no caernos, seguimos avanzando en la oscuridad hasta alejarnos del edificio. Nos empezamos mirar y preguntar como estábamos todos, si faltaba alguien, algún herido.
Sólo una señora que entró en pánico y tuve que pegarle una cachetada para que reaccionara (el pánico colectivo es muy peligroso, hay que pararlo a tiempo).
Subí a buscar agua y una vecina estaba atrapada, se había descuadrado el marco de la puerta y no podía salir, bajé corriendo a buscar ayuda, ya que yo no pude hace mucho. Ya sentada y trate de comunicarme con alguien, mi familia, pero nada. Las líneas estaban colapsadas, encendí la radio de mi celular, cuando por fin sintonice una señal, me quedé helada y sin habla. Por lo que decían el epicentro había sido en la octava región, grado 10. Se me vino el mundo encima. Traté con más desesperación de hacer las llamadas, pero no pasaba nada.
Gracias a Dios y a mi Pelado Bello, la niña que se sentó a mi lado es siquiatra, así que nos quedamos conversando para que me calmara. Ella también estaba sola, así que nos acompañamos hasta el final. Me ofreció usar su teléfono fijo para llamara a mi familia, subimos al quinto piso y empezamos a marcar, pero nada, estaban las líneas muertas.
Nos quedamos un rato más conversando ella se fue a acostar ya que tenía que trabajar temprano. Yo me fui a la casa, muerta de susto. Siguió temblando con menos intensidad, y no aguanté, tomé algunas cosas y partí en “Bartolo” (mi auto) a la casa de amigos que vivían cerca.
Como ustedes pueden ver, no fue la noche de las decisiones acertadas. Fui al departamento de Benjamín, entré, cual comando, por la ventana del conserje y subí corriendo cinco pisos. Llegué muerta (tengo que dejar de fumar), toqué la puerta, pero nada, estuve 15 minutos y nada.
Me fui corriendo a buscar a alguien más. El Piti, me imaginé que estaría en la casa de la mamá y no recordaba dónde vivía. Pasé por fuera de la oficina, todos los vidrios en el suelo (“me pregunto si Bartolo tendrá las ruedas pinchadas”), nada.
Hasta que decidí volver a mi casa. Fumando cigarro tras cigarro, trataba de comunicarme hasta que de repente entró el llamado de Gonza, llorando le contesté, por fin una voz que conocía, estaba en Viña del Mar, bien, me preguntó por mi familia y ahí me largué a llorar desconsolada.
Lamentablemente empezó la paranoia, empecé a ponerme más nerviosa, tenía que salir del depto y partir a Concepción. Estaba guardando las cosas en un bolso cuando me llamó Marcela y partí como las locas en auto a su casa, nos quedamos hablando, tomando desayuno, hasta que por fin entró una llamada de mi hermana, dijo “estamos bien, estamos juntos, no te asustes porque el agua está subiendo” y se cortó. Aghh, traté mil veces de comunicarme de nuevo, pero no pasaba nada.
Partí de nuevo a mi departamento, en el camino vi como estaba en el suelo la cúpula de la Iglesia de Providencia, muchas escombros en el suelo, veo las bencineras llenas de autos, colas eternas, mucha gente caminando, asustados.
Cuando llegué a mi casa, veo le desastre, espejos en el suelo, el baño inundado, los libros en el suelo, el televisor afirmado de la pared a punto de caer, el dvd colgando del cable, el refrigerador tapaba la entrada a la cocina. Pensaba “¿qué hago, qué hago?”. Cuando entra otra llamada, mi amigo Leo, llorando le contesté el teléfono, ellos estaban bien, pero su mamá que vive en Concepción estaba desaparecida, más angustia, “me dijo vente a mi casa” y salí raudamente con mi mochila con provisiones, el computador linterna, mi tuto. Él vive en Huechuraba, cuando me acercaba a su casa, veo los edificios de la ciudad empresarial, literalmente reventados, más adelante veo patrulla de carabineros, más gente, terrible. Me encuentro con Leo afuera de su casa, yo me bajo tiritando, me dice “los niños no saben nada de mi mamá, tu actúa normal ok”, gran error, yo por las esquinas escondiéndome, cuando vino otra réplica y en dos segundos estaba pegada a un ventanal, sí de nuevo.
En el próximo capitulo les cuento que pasó con mi familia y cómo terminó todo.












