Como lo dice el título son experiencias, las cuales te confunden, no sabes si ponerte a llorar o reír junto con los pasajeros, lo mejor en estos casos es escuchar, sólo escuchar.
Les cuento una historia, pero para eso tienen que visualizar el escenario: verano mediodía, calor húmedo terrible, vuelo lleno, Arica- Iquique-Antofagasta – Santiago… más o menos se imaginan, bueno sigo.
Hacía un calor horrible y no recuerdo bien porque no podíamos cerrar la puerta, lo más probable que la cuenta a bordo no coincidía, pero en uno de los tanto paseos por la cabina veo a dos pasajeras llorando, pero con escándalo y lo peor de todo es que estaban en distintos asientos, una sentada casi en la salida de emergencia y la otra señora iba sentada en la penúltima fila, las dos lloraban y decían sus nombres y volvían a llorar.
Me acerqué a una de ellas para ver que es lo que pasaba y a que se debía tanta algarabía, tratando de calmarla además, ya que los pasajeros estaban poniéndose nerviosos. Me dijo que se llamaba María que era de Santiago y que su hermano había muerto hace poco, que lo llevaban a Santiago para el funeral y que lamentablemente había quedado separada con su hermana, la de la última fila que se llamaba Juana.
La explicación, por supuesto, fue entre lágrimas, hipos varios y sollozos, súmenle a todo esto la hermana que gritaba y lloraba desde atrás. Era todo un show, yo estaba de lo más complicada, porque miraba a las hermanas que sufrían mucho, pero no podía evitar reírme y a los pasajeros les pasaba lo mismo, recuerden que el vuelo iba lleno, o sea cero posibilidad de sentar a las hermanas juntas.
Entre tanto llanto, hipo, gritos entre las hermanas y ataques de risa contenidos por los pasajeros y por mí, un alma amable se apiadó de las hermanas y ofreció cambiar su puesto por la que iba atrás.
Llegó Juana a sentarse al lado de María y se pusieron a llorar, se abrazaron, sacaron sus pañuelos, y se abrazaron nuevamente, se sonaban ruidosamente y seguían lamentando la muerte de su hermano Luis, que viajaba en la bodega.
Ante tanto desorden y carcajadas de los pasajeros, no sabía que hacer, no podíamos ir todo el vuelo así. Solución: “La Amenaza”, nunca falla, las miré y les dije sabía que estaban pasando por una pena terrible, pero que tenían a los pasajeros muy nerviosos, ellas los miraban y por suerte todos pusieron cara de circunstancia, las miré y les dije que la única condición para que siguieran sentadas juntas es que no más llantos fuetes, ni sollozos, ni nombrar al hermano, ni nada.
Tenían que quedarse tranquilas, les fui a buscar un whisky a cada una, se los entregué e hicimos un pacto que consistía en: Si escuchaba un grito más, las cambiaba de asiento, pero esta vez más lejos una en la primera fila y la otra en la última, obviamente no enojada.
Las atendí como si fueran las únicas que viajaban en el avión, se lo comieron todo, se lo tomaron todo y se quedaron dormidas. Antes de llegar a Santiago, fue la jefa de cabina a hablar con ellas para darles el pésame y para saber cómo estaban, yo por si las moscas fui detrás de ella para que no empezaran con el show, cuando vi que comenzaban a hacer pucheros, las miré con cara de ¡¡¡NOOOO!!! Y se les pasó en seguida, se rieron y todo pasó.
Cuando se bajaron estaban de lo más agradecidas y contentas, por tanto whisky que tomaron, pero se les había pasado un poco la pena, así que misión cumplida en este vuelo en particular, otros no fueron tan fáciles de manejar, pero de eso les cuento otro día…
En todo caso yo creo que todos los que viajamos ese día con las hermanas María y Juana, no vamos a olvidar nunca de la experiencia vivida… tragicómica al fin y al cabo.
jueves, 17 de junio de 2010
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